"Si hay una constante en todas las fuentes de yoga, esa es su insistencia en el carácter “secreto” de su enseñanza. El secretismo es la forma de salvaguardar la transmisión íntegra y protegerla de contaminaciones externas. Aunque actualmente el acceso a todo tipo de información es libre, rápido y cómodo, el carácter secreto del yoga sigue estando vigente. Cabe distinguir entre “información”, a la cual se puede acceder de manera casi ilimitada, y “conocimiento”, cuyo acceso está tan restringido hoy como siempre lo ha estado. En la tradición india, el conocimiento es un bien que se merece y conquista, no un derecho que tienen todos los hombres por igual, a modo de como se entiende en el mundo moderno. Tradicionalmente, el acceso a los textos clásicos estaba restringido a iniciados en yoga, principalmente porque su comprensión dependía directamente de su práctica. De esta forma, se evitaban malas lecturas manteniendo la escritura en secreto. Actualmente, casi todo el mundo puede tener acceso a la lectura de estas obras o a alguna de sus traducciones. Sin embargo, de todos los que tendrían acceso a la lectura, verdaderamente muy pocos se interesarán por las obras, y de esos, otros pocos las leerán. De esos escasos lectores, alguno será practicante de yoga. Y de esos practicantes, quizá alguno llegue a comprender su contenido. De esta manera, se puede entender que la restricción de este tipo de textos sigue siendo la misma que cuando fueron redactados por primera vez. La única diferencia es que tradicionalmente se evitaban las lecturas inapropiadas a través del secretismo, y en el mundo moderno, el libre acceso a la información propicia que algunos confundan “información” con “conocimiento”. Más allá de esas distinciones, el conocimiento verdadero sigue estando protegido como siempre lo estuvo." - José A. Offroy Arranz
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miércoles, 8 de julio de 2020

NOTIFICACIÓN - AVISO IMPORTANTE!

AVISO IMPORTANTE!

A todos los seguidores y suscriptores de los Blogs, les informo que la web "La Ciencia de los Sabios" (este mismo sitio), pasa a una nueva dirección y sitio renovado, donde será mudado todo el contenido del presente blog y se seguirá publicando nuevo y apasionante material. por lo cual este Blog dejará de existir en breve. La nueva dirección es: https://yogarshavidya.blogspot.com/

Por otro lado, el sitio "Yoga su Práctica y Filosofía" tiene nueva dirección: https://purnayogavidya.blogspot.com/

Mi Bog personal "Yogabhyasa", sigue en la misma dirección: https://yaugikasadhana.blogspot.com/
Sean tod@s bienvenid@s para seguir juntos nutriéndonos, aprendiendo y compartiendo... 😊🙏🕉


lunes, 23 de septiembre de 2019

SANATSUJATIYA de Vedavyasa - parte 1

Entonces, el erudito rey Dhritarashtra, alabando la solicitud de Vidura, interrogó en privado a Sanatsujata, el Mahatma, para que le enseñe el conocimiento supremo.  


Dhritarashtra le preguntó a Sanatsujata:  
Sanatsujata, he oído decir que enseñas que no existe la muerte. Asimismo he oído que los Devas y los Asuras observan el Brahmacharya para lograr la inmortalidad. De estas enseñanzas, ¿cuál es la verdadera? 

Dijo Sanatsujata:  
Oh rey, algunos dicen que puede lograrse la inmortalidad mediante la ejecución de karmas (obras piadosas), mientras otros dicen que no hay muerte en absoluto. Escucha mi explicación para que ya no abrigues duda alguna.  

Oh Kshatriya, ambas cosas son ciertas y descienden desde el Comienzo. Los sabios sostienen la opinión de que la muerte es resultado de la ignorancia. Yo digo que la inadvertencia es Muerte, y por lo tanto, la ausencia de inadvertencia es la inmortalidad.  

Los Asuras cayeron debido a su inadvertencia, mientras que los Suras lograron el estado de Brahman debido a su fala de inadvertencia. La muerte no se come a las criaturas como hace un tigre, y su forma no puede conocerse. 

Algunos dicen que Yama es la Muerte. El reside en los seres, es inmortal, y practica el Brahmacharya. Ese deva gobierna en el Pitriloka, otorga felicidad a los virtuosos y aflicción a los malvados.  

Es por orden suya que entre los hombres se origina la muerte en forma de furia, inadvertencia e ilusión. Así, ilusionados y dominados por sus pasiones, parten de este mundo y a él retornan nuevamente.

Al encarnar, detrás de ellos van los sentidos; después mueren y eso se repite interminablemente. La ejecución de karma (acciones) les genera apego a sus resultados y así no pueden vencer a la muerte.

El que ha conquistado su mente y no se deja excitar por los objetos de los sentidos, considerándolos algo sin valor gracias a la ayuda del autoconocimiento, queda muerto para la muerte misma. Sabio es aquel que destruye los deseos.

El hombre que va en pos de los deseos, es destruido junto con los objetos deseados, mas del hombre que abandona los deseos, se alejan los pesares, oh rey.

El cuerpo del ser encarnado es oscuridad e infierno. Como un ebrio que cae en un pozo, los que están apegados a él marchan hacia su destrucción.

Ver algo como deseable es lo primero que mata. Pronto siguen detrás el deseo y la ira. Ellas conducen a la muerte a los que son como niños. En cambio el abstinente escapa de la muerte mediante su abstinencia.  

A uno cuya mente no está confundida, oh Kshatriya, ella no le causa temor, igual que un tigre de paja. El interno Atman que está en tu cuerpo, asociado con la furia y la codicia, y lleno de ignorancia, es la muerte.  

Al saber que la muerte se produce de este modo, el establecido en el conocimiento, no alberga temores ante la muerte. Así como el cuerpo se destruye bajo la influencia de la muerte, la propia muerte se destruye bajo la influencia del conocimiento.

Dijo Dhritarashtra:  
En este mundo, algunos realizan los deberes prescritos y otros no. ¿Es capaz el dharma de destruir los pecados, o son los pecados los que destruyen al dharma?

Dijo Sanatsujata:   
Los frutos de ambos son transitorios. Mientras se dedica a la práctica del dharma, el sabio destruye su dharma y su adharma. Pero el que practica el dharma es fuerte, y de aquí su éxito.

Dhritarashtra dijo:   
Háblame de las regiones eternas que logran los dos-veces-nacidos dedicados a la práctica del dharma por sus propios actos virtuosos. Háblame de otras regiones de tipo similar, oh sabio señor, y de las acciones piadosas (karma) que deben hacerse para alcanzarlas.

Dijo Sanatsujata:   
Los Brahmanas se esfuerzan como hace fuerza el hombre forzudo, y al partir de aquí resplandecen en las regiones paradisíacas. Donde alimentos y bebida dignos de un Brahmana abundan como el pasto y los juncos en la estación de las lluvias,y no ha de afligir de modo alguno a su persona. 

En un lugar inauspicioso, ante inconvenientes y peligros, el que no proclama su superioridad es mejor que el que sí lo hace.  

La ración prescrita del Brahmana ofrecida por aquél que no maltrata a su persona, es aceptado como buen alimento por el virtuoso.   

Así como los perros devoran su propio vómito aunque eso les hace daño, también los que se procuran la subsistencia exhibiendo su religiosidad comen su propio vómito.   

Los sabios reconocen como Brahmana al que aún viviendo en medio de sus conocidos, desea que sus prácticas religiosas permanezcan desconocidas para ellos.  

Oh Kshatriya, ¿quién encontrará a Brahman en su interno Atman y verá así la luz de Brahman?

El conocedor de Brahman vive sin esforzarse, es tranquilo y es aceptado como bueno por la gente buena. Ese es un Brahmana y un sabio.  

Los dos-veces-nacidos que han logrado las riquezas, no las del mundo sino las de los Vedas, son invencibles e inamovibles y son reconocidos como encarnaciones de Brahman.   

Incluso aquél que sabe como invocar a los dioses que otorgan todos los beneficios deseados, no puede nunca igualar en gloria al Brahmana.   

Glorioso es aquél que es estimado por los dignos de estima. Estimado, no se considera estimado, des-estimado, no se abate por ello.  

Sólo los entendidos estimana los demás: así ha de pensar cuando otros lo estimen. Los ignorantes del dharma, de los shastras y las buenas costumbres no estiman a los estimables: así ha de pensar cuando lo desestimen.   

La estima y el mauna no siempre coexisten. La estima es de este mundo, mientras que mauna se ocupa del Tat (Aquello).   

Oh Kshatriya, aquí la felicidad reside en la prosperidad mundanal. Sin embargo, esta es un impedimento. Por otro lado, la prosperidad celeste es inalcanzable para los que carecen de sabiduría. 

Dicen los rectos que hay varias clases de puertas difíciles de franquear que dan el acceso a esa prosperidad. Son: verdad, rectitud, modestia, autocontrol, pureza y conocimiento, seis cosas que no permiten que la vanidad y la ilusión nos dominen.

viernes, 28 de agosto de 2015

MAHABHARATA - Adi Parva parte 3 - Vyasadeva

CAPITULO 8
LA LLEGADA DE VYASA

Una y otra vez intentó Satyavati objetar la decisión de Bhishma. Pero éste parecía una roca, firme e inconmovible frente a las olas que chocan contra ella. No pudo hacerlo cambiar. Satyavati parecía la imagen misma de la pena.

Bhishma estaba apenado por la infelicidad que ella sentía. Compadeciéndose de ella, le dijo: “Madre, ya que un heredero significa tanto para ti, voy a sugerirte algo. Dicen que cuando un noble linaje amenaza extinguirse, puede ser revivido por un hijo nacido de un noble brahmín. Así fue como muchas familias reales fueron continuadas cuando mi guru Bhargava destruyó a todos los kshatriyas. Si se te ocurre de algún brahmín digno, podemos solicitarle que le dé un heredero al trono. Ya se hizo antes. Esta es una costumbre que ganó la aprobación de los grandes rishis.” La pobre Satyavati, tuvo que contentarse con esto. Estaba ofendida con Bhishma, porque no era posible un descendiente verdadero de la Casa de los Kuru. Tras largas dudas, Satyavati le relató a Bhishma un acontecimiento que había sucedido hacía mucho tiempo, antes de su casamiento con Santanu, ella había tenido un hijo con el gran rishi Parashara. Este hijo era Vyasa. Ella dijo que lo mandaría a llamar. Bhishma estuvo de acuerdo con la propuesta.

Satyavati pensó en su primogénito. Vyasa acudió de inmediato a su presencia. Ella le dio la bienvenida, y le explicó todo. El le dijo: “Tú eres mi madre, la mujer que me ha dado la vida. Haré lo que sea que me ordenes.” Pensó un poco y luego añadió: “Deseo concederte el deseo de tu corazón. Trataré de complacerte. Yo tomaré las esposas de Vichitravirya. Pero es asunto tuyo lograr que ellas me reciban bien. No deben asustarse de mi apariencia ni de mi rostro oscuro.” Satyavati accedió a hablar con las jóvenes. Se dirigió primero a Ambika y le explicó las circunstancias, que su deber era tener un hijo para la gran Casa de los Kurus, y que tenía que recibir al rishi de manera apropiada. Ambika accedió a hacer lo que se le ordenaba. No tenía otra opción.

Era una noche oscura. Ambika esperaba en su habitación la venida del sabio Vyasa. Ella lo vio. Tan repelente y terrible le resultó la apariencia del sabio, que el horror y el rechazo invadieron a la pobre muchacha ante este hombre feísimo. Pero tenía que pasar la espantosa noche. Ella cerró apretadamente los ojos y no respondió a los avances de Vyasa. Por fin terminó aquella noche de tortura. Satyavati esperaba ansiosamente a Vyasa. El le dijo que de Ambika nacería un hijo fuerte y poderoso. Pero como ella había cerrado los ojos durante toda la noche por el miedo que le daba verlo, el niño nacería ciego. Satyavati se disgustó muchísimo. Trató ásperamente a su nuera. Pero no servía de nada llorar sobre algo que ya había ocurrido. Le pidió pues a Vyasa que le diera un hijo a la otra joven, Ambalika. Vyasa estuvo de acuerdo.

Ambalika estaba igualmente asustada del rishi. Su sangre se le heló en las venas cuando lo vio. Su cuerpo palideció de miedo y repulsión. Pasó la noche. A la mañana siguiente Vyasa le predijo a Satyavati que su nuera daría a luz un niño hermoso y de dulce naturaleza. Pero agregó que sería tan blanco como su madre en el momento en que fue concebido. La pobre Satyavati no sabía más que hacer. “Hijo mío,” le dijo, “estas niñas se han comportado estúpidamente. Por favor, perdónalas por amor a mí. Después de que nazca su hijo, debes visitar una vez más a Ambika. Mientras tanto, yo la reprenderé. Te pido que lo hagas por mí.” “Así sea”, dijo Vyasa y se fue de Hastinapura.

A su debido tiempo, nacieron los dos niños. Uno era ciego, y el otro blanco. Se los llamó Dhritarashtra y Pandu. Los nombres fueron sugeridos por el propio Vyasa. Satyavati pensó que había llegado el momento de que Vyasa volviera a visitar a Ambika. Le reprochó a su nuera su anterior error y le dijo que por su culpa el niño había nacido ciego. Le dijo a Ambika que el rishi vendría a ella esa misma noche.

Ambika no podía pensar en Vyasa sin horrorizarse. Decidió que esa noche enviaría a su doncella al rishi. Vyasa recibió a la doncella. Ella estuvo tan atenta a los menores deseos del rishi que Vyasa quedó enormemente complacido con ella. Por la mañana, le dijo a Satyavati que nacería un niño sabio y bueno: que sería encarnación del señor del Dharma. El gozo de Satyavati fue enorme. “Pero”, dijo Vyasa, “la madre del niño no será tu nuera. Anoche me envió a su doncella, y es el buen destino de esta doncella parir al mejor de mis hijos. Hice lo más que pude por ayudarte. Pero a pesar de todo no ha resultado un gran éxito. En lo que a mí respecta, no me pidas más favores. Para un hombre que ha apartado su rostro de todos los lazos terrenales, no es correcto tomar mujer más de tres veces. Yo estuve de acuerdo con hacerlo, porque tú, mi propia madre, me lo ordenaste. Por favor, no vuelvas a llamarme.” Con estas palabras de despedida, el gran Vyasa regresó a los nevados picos del Himalaya, a seguir con sus austeridades.


CAPITULO 9
LAS NUPCIAS DE PANDU Y DHRITARASHTRA

Nació el tercer niño y se le puso el nombre de Vidura. Bhishma tuvo otra vez que tomar en sus manos la tarea de criar a los niños y gobernar el reino, hasta que Dhritarashtra y Pandu fueran mayores de edad. Así pasaron varios años.

Los tres muchachos eran más que hijos para su tío Bhishma. Este les enseñó todo lo que se consideraba esencial en un príncipe kshatriya. Dhritarashtra, el mayor, estaba dotado de una fuerza inusual. Pandu resultó ser especialmente hábil en el manejo del arco. Vidura era el más inteligente de los tres. Finalmente, completaron su educación. Bhishma nombró yuvaraja a Dhritarashtra. Pandu, por ser experto en el manejo de las armas fue nombrado comandante del ejército. A Vidura se lo entrenó como ministro del rey. Como era ciego, Dhritarashtra no podía gobernar el reino. Pandu lo gobernaba en su nombre, con asistencia de Vidura.

Los tres muchachos llegaron a la juventud. La preocupación inmediata de Bhishma fue entonces buscarles esposas. Supo que Subala, el rey de Gandhara, tenía una hija con la reputación de ser una mujer hermosa, y además muy piadosa. Era famosa en todo el mundo por su devoción a Sankara. La hija del rey de Madra Desha era notablemente bella y gentil. Bhishma lo consultó a Vidura sobre ellas. Le dijo: “Estas dos princesas parecen adecuadas para ser reinas de nuestros jóvenes caudillos. No hay otros reyes que nos igualen en posición. Sólo estos dos reyes tienen una buena herencia. Las hijas de estos dos reyes pueden ser esposas de los príncipes Kurus. Vidura respondió: “Tú eres todo para nosotros, nuestro padre, madre, y guru. Lo que decidas para nosotros no puede ser mejor.”

Bhishma le envió un mensaje al rey de Gandhara. Este al principio se resistía, porque el príncipe Dhritarashtra era ciego. Pero Gandhari, la hija del rey le aseguró que no tenía reparos en casarse con el príncipe Kuru. Su próxima acción fue un hecho mayúsculo de autonegación. Ella estaba convencida de que no debía ser mejor que su señor en ningún aspecto. Buscó una franja de seda y se vendó los ojos, negándose a ver el mundo que su esposo no podía ver. El rey Subala envió a su hija hacia Hastinapura acompañada de su hijo Sakuni. El casamiento se celebró en la ciudad capital y tras la boda de su hermana, Sakuni volvió a Gandhara.

El rey de Madra celebró un swayamvara para su hija, y ésta eligió a Pandu como esposo. Pandu eclipsó con la belleza de su persona y su noble aspecto a todos los otros pretendientes. A Bhishma le agradó muchísimo la idea de que tan maravillosas desposadas fueran las reinas de la gran Casa de los Kuru.


CAPÍTULO 10
NACIDO DEL SOL

El rey Sura pertenecía a los Vrishnis. Tenía un hijo llamado Vasudeva y una hija llamada Pritha. Este rey tenía un primo llamado Kuntibhoja, que no tenía hijos. Sura tenía gran afecto por su primo, y le daba pena que no tuviera niños. Le dio pues a su querida hija Pritha para que Kuntibhoja la criara como si fuera hija suya. Pritha era una niña hermosísima. Sus modales eran excelentes. Era la posesión más preciada de su padre adoptivo. Ella tomó el nombre de Kunti.

En una ocasión, el sabio Durvasa llegó a la capital de Kuntibhoja. ¡El era famoso en todo el mundo por sus austeridades y también por su mal genio! Quiso quedarse unos días con el rey Kuntibhoja. Kunti fue designada por su padre para atender las necesidades del sabio. Ante la difícil tarea que le había sido confiada, Kunti se comportó admirablemente. Por cierto que el sabio estaba tan complacido con ella, que decidió otorgarle un don. La hizo llamar a su presencia, y le dijo que iba a enseñarle un encantamiento. Si ella lo recitaba, haría que cualquier deva en el que ella pensara viniera. Ella recibió el regalo con la humildad apropiada a la hija de un rey. Durvasa partió.

La niña, que todavía no llegaba a la doncellez, no entendió lo que le quiso decir Durvasa cuando le explicó que el deva al que invocara vendría a ella. Ella estaba excitada como un niño con un juguete nuevo. Era de mañana, temprano. Por la ventana oriental, se veía asomarse el sol. Todo el oriente estaba luminoso con el color del oro fundido. Las aguas del río lamían las paredes del palacio. Era una escena inolvidable. El sol, y sus suaves rayos impregnados de la frescura de la aurora, y el hermoso río con su trayecto iluminado por los rojos y dorados del sol naciente. La escena conmovió el corazón de la niña. Ella quedó absorbida en la contemplación de esta belleza. El sol brillaba espléndido. Kunti pensó qué maravilloso sería que el sol estuviera en ese momento a su lado. Como en un relámpago, recordó el encantamiento que le había enseñado el gran Durvasa. ¡Si ella lo recitaba, el sol vendría a ella! Sí, esa era la forma en que se lo había dicho: EL VENDRIA A ELLA. La pobre niña, en su bendita ignorancia, unió sus palmas que parecían un capullo de loto, e invocó al sol con el encantamiento que había aprendido.

Abrió los ojos. Ante ella se produjo un milagro. Los rayos del sol atravesaron rápidamente el acuoso sendero del río. Ella quedó deslumbrada por un súbito resplandor. El sol se hallaba allí, junto a ella. El se quedó mirándola, con una sonrisa divertida en los labios. A Kunti le agradó sobremanera el éxito del encantamiento. Sonrió con una dulce felicidad. Aplaudió de excitación, y dijo: “El sabio Durvasa dijo que funcionaría. Me quedé mirándote, cuando salías por el este. La escena era tan hermosa y tú mismo eras tan hermoso que quise que vinieras. Por eso he recitado el encantamiento que me había enseñado el sabio. ¡Has venido! ¡Qué maravilloso!”

El sol seguía sonriendo. Le dijo: “Ahora que he venido, ¿qué quieres que haga?”

“Bueno, pues nada,” dijo Kunti. “Nada más que pensé en tú, e imaginé lo maravilloso que sería tenerte a mi lado. Eso es todo.”

“Eso no es todo”, respondió el dios. “Evidentemente no has captado el significado de las palabras del sabio cuando él te enseñó la invocación. Te dijo que ‘cualquier dios al que invoques vendría a ti’. ¿No es cierto?”

“Sí”, dijo Kunti, sin entender sus palabras.

“¿No te das cuenta”, dijo el dios, “que eso significa que el dios te abrazará y te dará un hijo tan hermoso como el dios al que has llamado?”

Kunti quedó trastornada. Ella no sabía qué hacer ni qué decir. “Yo no lo sabía”, dijo la asustada niña. “No tenía idea de que sus palabras significaran eso. Por favor, perdóname esta niñería. Te ruego que te marches y me salves de esta vergüenza.” “Eso es imposible”, dijo el dios. “Una vez que me invocas, no puedo regresar si no te tomo. Tienes que ser mía. No puedes escapar del poder del encantamiento aunque lo hayas usado sin premeditación.”

Kunti estaba transida de dolor. “Soy una jovencita”, atinó a decir. “No estoy casada. ¿Qué dirá el mundo de mí? ¿Qué dirá mi padre? Se le romperá el corazón si llega a saber que su hija ya no es una doncella. ¿No puedes irte?” El sol estaba encantado por sus simpáticos modales. Sintió amor por esta mujer que apenas era una jovencita. Le sonrió y ganó el corazón de ella con sus dulces palabras y su sonrisa que daba seguridad. Le dijo: “No tengas tanto miedo, mi niña. Una vez que nazca el niño, volverás a ser virgen como ahora. Nadie se enterará de este incidente.” La joven quedó rendida ante sus palabras y su hermosura, y lo aceptó sin temor alguno por las consecuencias.

Cuando el sol se hallaba listo para partir, le dijo: “Tu hijo nacerá con una Kavacha y unos Kundala. Será como mi imagen. Llegará a ser un gran arquero. Nadie será su igual en la bondad de su corazón. En todo el mundo, será famoso como el hombre más generoso que haya existido. Jamás podrá rehusarle nada a nadie; ni siquiera si yo mismo le pido que deje de dar. Será un hombre orgulloso y sensible. En este mundo su fama subsistirá en tanto el sol y la luna se muevan en sus órbitas.” Con estas palabras, el sol desapareció de su vista.

A su tiempo, a Kunti le nació un niño. No sabía que hacer con él. Demasiado joven para conocer la alegría de la maternidad, sólo le preocupaba la vergüenza. Miró por la ventana. El río fluía con la placidez de siempre. Sólo en el corazón de Kunti arreciaba la tormenta. Finalmente se decidió. Envolvió al niño en una tela de seda, lo colocó en una caja de madera y la llevó a las orillas del río. Puso la caja a flote en el río, y volvió a sus aposentos. Desde su ventana observó a la caja que se alejaba flotando, cada vez más lejos de ella. Sintió que el corazón se le ahogaba del gran dolor, de ese anhelo impronunciable por esa pobre y desamparada criatura que flotaba en el corazón del poderoso río. Las lágrimas fluyeron de sus ojos. Levantando su mano en súplica al sol, lloró: “¡Ay mi señor, que gran injusticia he cometido con este hermoso hijo nacido de nosotros! Por favor, guárdalo, y no dejes que le acontezca nada malo.”

Le dijo a su niño, que se desvanecía en la distancia: “Que tu camino sea auspicioso. El señor de las aguas te guardará. No morirás. Todos los dioses del alto cielo te cuidarán. Algún día, en el futuro distante, te volveré a ver. Te reconoceré por tu Kavacha y tus Kundala. Afortunada será la mujer que te encuentre y te críe como su hijo. Ella te verá entrar en la edad viril, y será feliz. Pero yo soy la más infortunada de todas las mujeres. Nunca te tendré como hijo. Dios te bendiga, mi niño, mi primogénito.”

Aquella niña que reía se convirtió de repente en una mujer. Lejos estaban los días de la niñez sin preocupaciones. Al dormir y al andar, ella sólo veía una cosa: una caja de madera, y un trozo de seda. Envuelto en la seda, un hermoso bebé con su Kavacha y sus Kundala, que brillaban a la luz del sol matinal.


Fuente: "El Mahabharata" versión abreviada de Kamala Subrahmanyam

jueves, 20 de agosto de 2015

MAHABHARATA - Adi Parva parte 2 - Vyasadeva

CAPITULO 4
EL VOTO DE CELIBATO

Devavrata encontró a su padre repentinamente cambiado. Los días de perfecto compañerismo habían acabado. Este nuevo padre no quería hablar con él, a pesar de que él estaba deseoso de que así fuera. El príncipe hizo todos sus mejores esfuerzos para que le revelara la causa de esta melancolía. Pero todas sus tentativas fueron infructuosas. El rey perdió interés en todo: hasta en la caza, que era su pasatiempo favorito. Por último, después de largo tiempo, el rey habló un día con Devavrata. Le dijo: “En esta augusta Casa de los Kurus, tú eres mi único hijo. Para mí, tú eres más que cien hijos juntos. No me atrae la idea de casarme otra vez. Pero estoy preocupado por el hecho de que seas único hijo. Es como tener un solo ojo. Dios te ha concedido larga vida, lo sé. Pero mi mente está confusa. Dicen los sabios que tener un solo hijo es como no tenerlos. Tú eres un magnífico guerrero. Si algo te llegara a ocurrir en una de tantas guerras, el gran linaje de los Kurus se quedaría sin heredero. Esto equivaldría a la destrucción. Esta preocupación es lo que ha estado carcomiendo mi mente.” El príncipe se quedó callado un momento; después, salió sin decir palabra.

Devavrata se dirigió de inmediato a ver al auriga del Rey. Su inteligencia había sabido penetrar a través de la pantalla de palabras que había creado su padre. Encaró al auriga con su habitual franqueza, y le preguntó: “Tú eres el confidente y el amigo de mi padre. Dime, ¿quién es la mujer que ha capturado el corazón de mi padre? Dímelo inmediatamente, para que yo pueda hacer lo que es preciso y hacerlo feliz.” Tras mucha hesitación, el auriga le contestó: “Mi señor, el rey no aprobará que os lo haya contado. La mujer es la hija de un pescador. Ella ha cautivado el corazón de tu padre. El rey le pidió al padre la mano de la muchacha, pero él se negó a concederle este deseo al rey a menos que él accediera a sus condiciones: que el hijo nacido de su hija fuera instaurado como rey en el trono de los Pauravas. Tu padre pensó en ti, y no siendo capaz de hacer lo impensable, regresó a Hastinapura.”

Sin decírselo a su padre, Devavrata partió hacia la floresta. Llegó a la morada del pescador. La mujer que había despertado el amor de su padre estaba cerca de la ribera del Yamuna, atando el bote. Ella lo miró, y por un momento llegó a creer que se trataba del rey en persona. Devavrata la saludó, y pidió ser llevado ante la presencia de su padre. El pescador recibió a su invitado con todos los respetos que se le debían. El príncipe habló sin más preámbulos. “He sabido que mi padre, el gran monarca de Hastinapura está transido de amor por tu hija. ¿Qué más quieres que eso? ¿Piensas acaso que no has sido suficientemente honrado cuando el rey del mundo entero viene a pedirte un favor? ¡He oído que has tenido la audacia de negarle el deseo de su corazón!” “Mi señor,” dijo el pescador, “yo quería un precio. Conozco muy bien el honor que me ha sido conferido por tu padre al desear la mano de mi hija. Pero existe una predicción que dice que el hijo de Satyavati será monarca algún día. Yo conozco todo acerca de ti. Tú eres el príncipe de la corona, el yuvaraja. El rey te adora. Y por eso guardó silencio cuando le presenté mis condiciones. No pudo concedérmelas. Esto es todo lo que ha sucedido.”

En el rostro de Devavrata se reflejó una expresión de disgusto. Que su querido padre tuviera un deseo y no pudiera satisfacerlo era una cosa que él no podía imaginar. Dijo pues: “Tú quieres que tu nieto sea rey después de mi padre. Que así sea. Renunciaré a mi derecho al trono. ¿Estás satisfecho ahora?” El joven príncipe, la esperanza del mundo, sorprendió al pescador con sus palabras. Una mirada de incredulidad se asomó a sus ojos. Estaba atónito por la manera casual en que este joven príncipe renunciaba a su trono. Sonrió y dijo: “Mi señor, tú eres en verdad un verdadero príncipe. La felicidad de tu padre lo significa todo para ti. En tu nobleza, has renunciado al trono. Pero ¿cómo puedo yo estar seguro de que tus propios hijos serán tan inegoístas como tú? ¿Qué seguridad tengo de que ellos no disputarán el derecho del hijo de Satyavati?” El príncipe se sintió consternado a la vista de la ambición de este hombrecillo. Con una sonrisa de desprecio, le dijo: “¿Todavía no te das por satisfecho? Yo haré que lo estés. No me casaré. Juro ante los moradores del cielo y de la tierra y de las regiones inferiores, en el nombre de todo lo que me es amado y sagrado, en el nombre de mi guru Bhagavan Bhargava, en el nombre de mi madre Ganga, en el nombre del Dharma, que jamás me casaré mientras viva. Ahora, ¿te das por satisfecho?”

Desde el cielo, flores llovieron sobre él. Proveniente de todos lados y de ninguno, resonó en los aires la palabra “BHISHMA”: pues tan tremendo era el voto que había pronunciado. “Aquí la tienes”, dijo el pescador, “he aquí a tu madre.” Hizo venir a Satyavati. La hizo pararse frente al príncipe. Devavrata se inclinó ante ella, la subió a su carruaje y se dirigió a toda prisa hacia Hastinapura.

Devavrata se dirigió corriendo hacia su padre. Le presentó a la joven, y le dijo: “Padre, te la he
traído. Por favor, tómala y abandona esa melancolía. Te suplico que seas feliz.” En el cielo todavía resonaba atronadoramente el grito de: “¡Bhishma! ¡Bhishma!”. Santanu se enteró de todo lo que había sucedido, y el dolor lo atravesó. Tal vez era su conciencia que lo remordía. No podía soportar pensar que su hijo, tan viril, tan hermoso, tan divino, viviera una vida autoimpuesta de celibato permanente. Pero una vez que la trama está tejida, no podemos deshacerla. Santanu había logrado el deseo de su corazón. Con la gratitud y el amor que le inspiraba este hijo suyo, le concedió un don. Devavrata moriría cuando él quisiera, y sólo cuando ello le plazca. Ante él, la muerte tendría que esperar. Para concederle este don, el rey ofreció todo el tapas que había acumulado. A su manera, trataba de compensar a este hijo por todo lo que le habría de faltar en la vida.

Se celebró pues la boda entre Santanu y Satyavati. Con ella, el rey pasó algunos años felices. Les nacieron dos hijos, que fueron llamados Chitrangada y Vichitravirya. Los años pasaron demasiado pronto, y el rey, ya anciano, falleció con el correr del tiempo y se unió a sus antepasados. Era evidente que Devavrata, ya más conocido como Bhishma, tendría que sobrellevar la carga del reinado. El príncipe Chitrangada era demasiado joven para poner el reino en sus manos. Bhishma lo nombró Yuvaraja y actuó como regente en su nombre.

Así pasó Bhishma varios años sin mayores eventos. Nada digno de mención sucedió. De repente, la tragedia golpeó súbitamente como un rayo. Había un rey de los Gandharvas llamado Chitrangada. No le agradaba la idea de que un mortal llevara su nombre. Retó pues a Chitrangada, el hombre, a un combate con él, para que probara ser digno de su nombre. En el campo de Kurukshetra se llevó a cabo el combate entre los dos Chitrangadas. El hijo de Santanu fue doblegado y muerto. Bhishma estaba traspasado por el dolor. Hizo coronar al menor de los hijos de Satyavati, y de nuevo recayó sobre sus hombros el peso de la regencia. Gobernó el reino en el nombre de su hermano, y la gente era muy feliz. Todos en Hastinapura eran felices bajo el gobierno de Bhishma, su rey sin corona.

 artista: Kailash Raj

CAPITULO 5
EL SWAYAMVARA EN KASI

El joven príncipe Vichitravirya era ahora el centro de las esperanzas de Satyavati. Era su único hijo. Bhishma era como un padre para él. Pasaron los años. Llegó el momento en que Bhishma pensó en casarlo. El rey de Kasi tenía tres hijas adorables: Amba, Ambika y Ambalika. Bhishma pensó que estas tres princesas eran esposas adecuadas para su hermano. Le llegaron noticias de que el rey de Kasi iba a celebrar el swayamvara de sus hijas. Bhishma no pudo tolerar el insulto que esto significaba para él. La costumbre había sido hasta ese entonces que las hijas de Kasi fueran dadas en matrimonio a los príncipes de la casa de los Kurus. Bhishma se molestó por este apartamiento de las costumbres en uso y descendió a la ciudad en la que se celebraba el swayamvara.

En la preparación del swayamvara no se olvidó detalle. Para asistir a la ocasión, habían venido los reyes de toda Bharatavarsha. El salón relumbraba por las joyas que vestían los príncipes que allí se habían congregado. El aire estaba impregnado de la fragancia de las flores que los adornaban. Todos vieron a Bhishma. Hubo sonrisas de desdén, narices fruncidas y comentarios despectivos. Decían algunos: “¡Miren a este Devavrata! ¡El, que se decía soltero de por vida, ahora viene al swayamvara de estas adorables princesas! ¿Quién, en verdad, puede resistirse a las leyes de natura? Estas beldades son suficientes como para debilitar las austeridades de los propios rishis. ¿Qué podremos decir de un pobre mortal como Devavrata? Se olvidó del juramento que pronunció para satisfacer a su padre. Viene con la esperanza de que pueda ser elegido por alguna de las princesas. ¡Vanas esperanzas! ¡Qué vanidoso es! ¿Quién le prestará atención a este hombre, que ya ha pasado de largo la flor de la juventud, cuando nosotros estamos aquí?”

Una voz semejante al trueno sacudió a los reyes que se hallaban reunidos. Era la de Bhishma, les dijo: “Ciertamente he venido al swayamvara. Voy a llevar a estas doncellas a Hastinapura. Serán las esposas de mi hermano Vichitravirya, el monarca de los Kurus. Serán las reinas de la casa de los Kurus. Si tienen suficiente coraje y bravura, anímense a reclamármelas. Estoy preparado para combatir con quienquiera ose oponérseme.” Bhishma tomó a las princesas una por una de la mano y las hizo subir al carruaje. Se hallaba listo para partir hacia su casa. Los reyes estaban furiosos. El rey de Kasi los miró como pidiendo auxilio. Todos salieron en contra del príncipe que se hallaba a punto de salir. Bhishma detuvo su carro. Se desató un feroz combate entre los reyes por un lado y Bhishma por el otro. Fueron vencidos fácilmente. El carruaje volvió a avanzar en dirección a Hastinapura, la capital de los Kurus.

El rey de Salva era un gran héroe. El, como otros tantos, se había presentado al swayamvara. Se ofreció a combatir con Bhishma. Su capacidad de combate no era poca. Logró herir a Bhishma en el pecho. Todos quedaron sorprendidos por el combate de Salva, que había sido capaz de herir a Bhishma. Encolerizado por el reto de Salva, Bhishma se batió con mayor vigor que el que había demostrado hasta el momento. Mató primero al auriga de Salva, y luego a sus caballos. Salva se había quedado sin carro y sin armas. Se hallaba a pie, a merced de su oponente. Con nobleza, Bhishma lo dejó ir sin matarlo, y siguió su ruta hacia Hastinapura sin más desafíos. 

Bhishma llegó a la ciudad. La gente se agolpaba en las calles para ver a las tres doncellas, semejantes a tres lunas en cautiverio. Eran hermosísimas. Pronto llegaron a los aposentos del rey. Bhishma descendió de su carro, y las princesas lo siguieron. Cuando llegó a las habitaciones de Satyavati, las hizo pararse delante de ella y exclamó: “¡Mira, madre! He aquí las esposas que he traído para nuestro Vichitravirya.” Satyavati quedó complacida, y mandaron a buscar al joven príncipe. El miró a las jóvenes doncellas, y le agradaron. Miró a Bhishma con amor y gratitud, y se arrojó a sus pies. Bhishma lo abrazó, con los ojos llenos de amorosas lágrimas. El amaba a este hermano suyo como un padre ama a su hijo.

“Por favor, permítanme decir algo”, dijo una suave y temerosa voz. Bhishma se dio vuelta: era Amba, la mayor de las tres princesas. Temblando como una hoja, se dirigió a Bhishma y a la reina madre, diciéndoles a ambos: “Cuando mi señor Bhishma entró en el salón y nos trajo por la fuerza, yo estaba a punto de colocar la guirnalda sobre Salva, pues ya lo había elegido como mi esposo.” “¿Por qué no me lo dijiste en ese momento?” le preguntó Bhishma. “Tendrías que habérmelo dicho antes de que saliéramos de Kasi. ¿Por qué te callaste?” “¿Y cómo, mi señor?” le respondió Amba. “Actuaste tan abruptamente, que antes de que pudiera juntar el coraje suficiente para hablarte, ya estábamos a mitad de camino. Por eso pensé que debía hablar ahora.” Todos quedaron preocupados ante esta nueva complicación que acababa de presentarse. El joven príncipe dijo: “No me parece correcto casarme con una mujer cuyo corazón está ligado al de otro.” Bhishma y Satyavati se dieron cuenta de que tenía razón. Bhishma habló con Amba: “Ya has escogido esposo. No creemos que sea justo retenerte aquí. Te proveeré de una escolta apropiada. Eres libre de irte con Salva.”

Con el corazón rebosante de amor, Amba llegó al reino de Salva. Se dirigió al rey y le dijo: “Mírame, mi señor. En el swayamvara estaba a punto de coronarte con mi guirnalda, justo cuando Bhishma nos llevó a todas. Cuando llegamos a Hastinapura, le expliqué que ya te había elegido como esposo. El noble Bhishma me ha enviado a ti. Te ruego que me aceptes.” Salva prorrumpió en una carcajada diciendo: “¿Aceptarte? ¿Acaso piensas que soy un mendigo para aceptar regalos de mi enemigo? Devavrata te tomó por la mano derecha. Te ganó en batalla. Nos venció a todos. De acuerdo con el Dharma de los kshatriyas, el hombre que gana una joven en combate es su señor. Bhishma es ahora tu señor. El es tu esposo. Vuelve con él. Pídele que se case contigo. Yo no puedo aceptarte.”

Humillada y apenada, Amba volvió sobre sus pasos hacia Hastinapura y se detuvo en presencia de Bhishma. Las lágrimas fluían por su rostro. Al ver el estado de la joven, Bhishma se conmovió. Le dijo: “¿Qué te aqueja, bella doncella? Me sorprende verte aquí. Te envié con Salva. ¿Por qué has vuelto?” Amba le respondió: “Inútil ha sido mi viaje. Ahora soy más rica en el conocimiento del Dharmasastra. Salva me considera como una hermana. Dice que un hombre que gana una joven en la lucha es su legítimo esposo. Tú me tomaste por mi mano derecha, y me subiste a tu carro, y tras esto te batiste con todos los reyes allí presentes. He oído que tú eres quien debe casarse conmigo. Ahora no tengo con quien. Tú debes concederme la vida. ¡No permitas que mi femineidad se desperdicie! ¡Te lo ruego, cásate conmigo!”

Bhishma se llenó de compasión por la mujer que lloraba ante él. Su corazón se partió de la pena que sentía. No podía hablar, pues las lágrimas que no osaba ocultar lo ahogaban. Le apenaba que la vida de esta mujer hubiera quedado arruinada por causa suya. Le habló con dulzura, diciéndole: “Me duele el cariz que han tomado las cosas. No puedo casarme contigo. Sabes bien que he jurado ser brahmacharin mientras viva. ¿Cómo podría desposarte? Te ruego que abandones esa idea, pues no es posible. Si tan sólo me hubieras dicho en Kasi que ya habías elegido esposo, nada de esto hubiera sucedido. Pero no hay quien pueda controlar al destino. Jamás podrás ser mi esposa. Intenta regresar con Salva y persuádelo de que te despose. No puedo ayudarte a salir de esta dificultad. Si las cosas hubieran sido diferentes, lo habría hecho. Pero obligado como estoy por mi terrible juramento, no puedo ayudarte de la forma que me pides.” Y dicho esto, salió de su presencia.

La pobre y desafortunada Amba pasó así seis infructuosos años. Con el corazón lleno de odio hacia Bhishma, que era la causa de su infelicidad, se fue al bosque. Allí se encontró con varios ascetas. Les contó la historia de su vida, expresándoles su deseo de quedarse con ellos y hacer penitencia. Ellos pusieron muchos reparos. No querían entre ellos a una mujer joven y soltera. No sabían que hacer. Para alivio de todos, acertó a pasar por la ermita el gran Hotravahana, abuelo de Amba. Se enteró de su tragedia. Le dirigió palabras de consuelo, diciéndole: “El gran Bhargava es un gran amigo mío. Bhargava es el guru de Bhishma. Le ordenará a su discípulo que le obedezca. El logrará que Bhishma se case contigo. Bhishma no puede desobedecer a su guru.”

Algunos días más tarde, llegó al bosque Bhagavan Bhargava. Hotravahana le relató la patética historia de Amba. El gran sabio se condolió con ella y le dijo: “Ten por cierto que hablaré de esto con Bhishma. Si le pido que se case contigo, seguramente me obedecerá.” Mandó a buscar a su amado discípulo Bhishma. Al oír que su guru lo necesitaba, Bhishma fue rápidamente a su presencia. Cayó a sus pies diciéndole: “¿Qué es lo que deseas? ¿Por qué me hiciste llamar?” Bhargava lo hizo levantar y lo abrazó. Le dijo: “Hijo mío, quiero que ayudes a alguien que sufre. ¿Ves esta hermosa mujer?” Bhishma se dio vuelta, y reconoció a Amba. Le dijo: “La conozco, mi señor. Es una mujer a quien el destino ha defraudado. Ella deseaba casarse con Salva, pero él no ha querido aceptarla. Yo tampoco puedo, puesto que juré no casarme. Por eso ella ha tenido que salir de Hastinapura. Pero ¿qué tiene ella que ver con que me hayas llamado a tu presencia?” Bhargava le dijo: “Le he prometido que haría que te casaras con ella. Debes ayudarme a mantener la palabra que he dado. Tienes que desposarla.” Bhishma miró a su guru con ojos de dolor. Le dijo: “Mi señor, ya sabes el terrible voto que he pronunciado. No puedo casarme. Aunque seas tú quien me lo pida, no puedo desposarla.” Bhargava intentó de todas las maneras posibles convencer a Bhishma de que era su deber obedecer el mandato de su guru. Pero no logró hacerlo cambiar de opinión, y Bhishma se mantuvo firme. Bhargava se enfureció con él y le dijo: “Te maldeciré, o te batirás a duelo conmigo.” Bhishma estaba frente a un dilema. El amaba a su guru. No deseaba ser maldecido por Bhargava. Esta era una alternativa espantosa. El tuvo que elegir. Prefería pelear. Le dijo: “Mi señor, sabes cuánto te amo. Me pides que combata contra ti. Prefiero hacerlo. No quiero que me maldigas; al menos no tú, que me amas.”

Entre los dos se trabó un terrible combate. Hasta los propios señores del cielo lo vinieron a ver. Durante días y noches se prolongó la lucha, sin que menguara el valor de ninguno de ellos. El último día de la lucha, Bhishma había decidido lanzar el astra Praswaapa. Esto significaba la destrucción del mundo. Los dioses dirigidos por Narada y Rudra, intervinieron diciendo: “Bhishma, cesa ya esta lucha. No lances el astra. No eres la persona que debe destruir el mundo. Otro es quien tiene que hacerlo.” Lo convencieron de que tenía que ser el primero en retirarse del combate, puesto que sería un insulto para su guru obligarlo a ser el primero en abandonar la pelea. Bhishma estuvo de acuerdo, y el duelo concluyó. Bhargava abrazó a su discípulo y le dijo: “Eres el más grande de todos los combatientes. No he podido vencerte.” Se dirigió luego a Amba y le dijo: “Hija mía, has visto que lo he intentado lo mejor que pude. No puedo trastocar la resolución de Bhishma. No se apartará del camino de la Verdad. Por favor, vete; tu deseo no ha de cumplirse.”

artista: Rabi Behera
CAPITULO 6
LA SED DE VENGANZA DE AMBA

Amba abandonó aquel bosque y se fue a otra parte. Realizó allí terribles penitencias, negándose incluso las necesidades mínimas. Shanmukha, el hijo del Señor Sankara, quedó complacido con ella. El se le presentó. Le obsequió una guirnalda de lotos siempre lozanos, y le dijo: “Hija mía, lleva contigo esta guirnalda. La persona que la cuelgue de su cuello será el que mate a Bhishma.” Contenta consigo misma y con el regalo de Shanmukha, Amba partió en busca de venganza.

Amba acudió a todos los poderosos reyes de la tierra tratando de persuadirlos de que abrazaran su causa. Todos se negaron. De nada sirvió que ella asegurara que la guirnalda, por ser regalo de un dios, era signo de éxito seguro. Bhishma era una personalidad tan poderosa que no había kshatriya que osara oponérsele y ser su enemigo. Amba se dirigió a la corte de Drupada, el rey de los Panchalas. Ella le expuso los hechos, y le pidió que la ayudara. El, después de oírla, le dijo: “Lamento enormemente ver tu pena. Si no se tratara de Bhishma, y fuera cualquier otro, yo habría combatido por tu causa. Pero Bhishma es un caso aparte. El es un hombre justo. No hallo ninguna causa por la que pelear contra él. No sólo es poderoso; además es bueno. Lo siento, pero tengo que rehusarte el pedido que me haces.”

Amba estaba desesperada. Arrojó la guirnalda alrededor de un pilar del gran salón de Drupada. El rey estaba consternado. Todos tenían miedo de Bhishma. Drupada se ofendió ante la acción impulsiva de Amba. Ella abandonó su salón hecha una furia. La guirnalda quedó allí, sobre el pilar. Nadie se animó a tocarla, y se la custodió con todo cuidado. 

De nuevo fue Amba al bosque. Reanudó sus penitencias. Su corazón sólo tenía sitio para una emoción: el odio, odio hacia Bhishma. Odiaba a Bhishma, y su único deseo era verlo muerto. Así siguió un largo tiempo con sus penitencias. Finalmente se le apareció el Señor Sankara y le dijo: “No sufras, hija mía. En tu próximo nacimiento tú misma matarás a Bhishma.” Pero Amba estaba impaciente. Le dijo: “En mi próximo nacimiento, no me acordaré de mi odio. Tal vez logre matarlo. Pero no podré saborear el gusto de la venganza. Tengo que matarlo ahora.” Sankara sonrió y le dijo: “No te preocupes. En tu próximo nacimiento tendrás memoria de todos y cada uno de los incidentes de esta vida. Nacerás como la hija del rey de los Panchalas, Drupada. Al principio serás mujer. Luego te convertirás en hombre. Te aseguro que tendrás tu venganza. Ciertamente matarás a tu enemigo, Bhishma.”

Amba erigió una enorme pira, y se arrojó en ella. Posteriormente, nació como hija de Drupada. Un día, mientras jugaba en el salón del rey, Amba vio la guirnalda de lotos colgada del pilar. La bajó y se la colgó al cuello. Cuando Drupada lo supo, llegó corriendo. Lo invadió el miedo y la consternación al ver que ella se había atrevido a hacer una cosa semejante. Amba sonrió serenamente a su padre, y le dijo: “No te sorprendas tanto, padre. He nacido como tu hija con el único propósito de vestir esta guirnalda. Puedes vivir en paz, y dejar el resto en mis manos.”

Su nombre fue Sikhandi. Drona fue quien la educó, pensando como todo el mundo que se trataba de un varón. Pasaron los años. Por la gracia de un Yaksha, Amba cambió su sexo y se convirtió en hombre. Creció en la casa de Drupada, mientras el odio hacia Bhishma ardía en su corazón como una antorcha siempre encendida.


Fuente: "El Mahabharata" versión abreviada de Kamala Subrahmanyam

MAHABHARATA - Adi Parva parte 1 - Vyasadeva

ADI PARVA

CAPITULO 1
A LA RIBERA DEL GANGES

Al rey siempre le había gustado cazar. Era una de sus pasiones. Se hallaba ahora a las orillas del río Ganges. Allí fue donde la vio. Parecía una visión. Allí se hallaba ella, con su piel brillante como el oro. Sus ojos eran grandes y esplendentes: el cabello que ella peinaba con los dedos era tan largo que hacía recordar al proverbial Rahu cuando trata de envolver a la luna. El se quedó clavado en su sitio, bebiéndosela con la mirada. Le pareció que una ninfa del alto cielo había descendido a la tierra tan sólo para fiesta de sus ojos. Se le aproximó, y ella, dándose vuelta al escuchar el ruido, lo miró. Ella inclinó su rostro sonrojado. Una sonrisa se le dibujaba en sus labios. Ella hacía garabatos en el suelo con los dedos de los pies y sus dedos, semejantes al marfil, jugueteaban con las hebras de sus cabellos oscuros. Apenas unos momentos después, ella levantó sus ojos y lo miró. El supo que él le importaba.

El se le acercó. Tomó su indecisa mano entre las suyas y le dijo: “¡Qué hermosa eres! Quiero que seas mía. Soy Santanu, rey de Hastinapura. Te amo. No puedo vivir sin ti.” Ella le sonrió y respondió: “Desde el momento en que te vi, supe que sería tuya. Seré tu reina. Pero con una condición. No debes contrariarme en nada, en ningún momento. En el instante en que me causes desagrado, me alejaré de ti para nunca regresar.” “Así sea”, dijo el monarca transido de amor, y la condujo a su ciudad.

Para él, ella era la esposa ideal: una compañera en el sentido más cabal de la palabra. Con sus encantos, su belleza, sus dulces palabras, y sus muchas buenas calidades, ella lo hacía inmensamente feliz. Cuando se hallaba junto a ella, él perdía la noción del tiempo. Su nombre era Ganga.

Pasaron los días, luego los meses. Ganga tuvo un hijo del rey. La alegría del rey no tuvo límites. Por fin, un hijo y heredero le había nacido, para ornar el trono venerable de los grandes Pauravas. Corrió a las alcobas de la reina. Le dijeron que ella no estaba allí. Supo que había salido a toda prisa con la criatura recién nacida en sus brazos, en dirección a las riberas del río Ganges. El no podía entender. Salió rápidamente rumbo a la orilla del río. Allí, sus ojos espantados contemplaron una escena que jamás se borraría de los rincones de su memoria. Ganga, su amada Ganga, acababa de arrojar la criatura recién nacida al río. En el rostro de ella, advirtió una expresión que lo desconcertó. Parecía que se hubiera sacado de encima una gran preocupación. El estuvo a punto de preguntarle. Pero no pudo. Recordó la promesa que le había hecho: de que nunca jamás la disgustaría ni la contradiría.

El hecho se repitió un año después. ¡Y luego otra vez, y otra más! Ganga arrojó al río siete hijos del monarca. El rey seguía en silencio. Dicen que el amor es ciego. Pero no es así. Es que tiene un ojo adicional, que ve en el amado sólo lo bueno, y es ciego a todas las demás fallas. Para el rey, Ganga era su propia vida. Pero a la sazón, su deseo de tener un heredero era igualmente poderoso. El no tenía descanso. Así pasó un año. Nació un octavo niño. Ganga salió de prisa hacia el río con el niño abrazado contra su pecho. El rey no podía hablar por la ira y el dolor. Salió corriendo tras ella, y la sujetó por la espalda. Por primera vez le habló con rudeza. Le dijo: “¿Qué clase de acto inhumano es este? Ya no puedo soportarlo más. No puedo ver que todos mis hijos sean destruidos así. ¿Por qué haces esto? ¿Cómo es posible que una madre, qué digo, que alguien pueda quebrar el tallo de una flor antes de que llegue a abrirse? Te lo ruego, dame este hijo. Ya no puedo seguir callando”.

En los labios de Ganga se dibujó una extraña sonrisa, a la vez triste y feliz. Habló al rey con mucha dulzura. Le dijo: “Mi señor, ha llegado el momento en que tengo que dejarte. Rompiste tu promesa. Ahora debo apresurar mi partida. Este hijo nuestro vivirá. Lo llevaré conmigo, y te lo entregaré de nuevo a su debido tiempo. Lo llamaré Devavrata. Su otro nombre será Gangeya.” El rey se hallaba traspasado por la pena. No llegaba a captar todo lo que ella decía. Sólo entendía una cosa: la mujer que para él lo significaba todo, estaba por abandonarlo para siempre, y todo a causa de que él le había pedido que no matara a su octavo hijo. El la miró con ojos suplicantes. A sus labios asomaron estas palabras: “¿Por qué me haces esto? ¿No te das cuenta de que mi vida está ligada a la tuya, y que no puedo vivir sin ti? ¡No puedes abandonarme e irte así! Ganga, hubo un tiempo en que me amabas. Te imploro, en nombre de ese amor, que no te vayas y me dejes.”

Un gesto de dolor se reflejó en la hermosa faz de Ganga. Ella dijo: “Mi señor, ¿no puedes darte cuenta de que me voy porque debo hacerlo? Yo soy Ganga, y pertenezco a los cielos. Por una maldición tuve que vivir la vida de una mortal, aquí en esta tierra. En tu anterior nacimiento, tú fuiste el gran rey Mahabhishak. En una ocasión, residiste en la corte de Indra. Yo pasé por allí, tú me miraste con ojos llenos de deseo, y yo quise ser tuya. Pero a los celestiales esto no les gustó. Me enviaron a la tierra, para que fuera esposa de Mahabhishak, que nacería como Santanu, hijo de Pratipa. Así fue posible nuestra vida de amor. Hemos sido felices. Mi señor, no trates de detener las mareas del tiempo. Lo que ha sido determinado que debe pasar, pasará. Ni tú, ni yo, ni todos los dioses del cielo pueden alterar el orden de las cosas que han de sobrevenir.”

El rey parecía desconcertado. Dijo: “Todavía hay algo que no entiendo. ¿Por qué, pues, había que matar a estas siete criaturas que nacieron de nosotros? ¿Acaso eso también formaba parte de la maldición?” “Sí,” dijo Ganga. “Esas ocho criaturas son los ocho Vasus, a los que la maldición condenó a nacer en este mundo. Yo les había prometido que sería su madre, y les concedería la liberación de esta vida en el momento de nacer. Pero este, el octavo, había sido condenado por la maldición a vivir una larga existencia aquí en esta tierra. Por eso es que ahora se le ha permitido vivir. No sufras, mi señor. Te entregaré a tu heredero, y cuidaré que esté preparado para cumplir con el rol que tiene que llevar a cabo: ser el heredero del trono de los ilustres Pauravas”.

Cuando se corre el velo de la ilusión, y los ojos tienen permiso para contemplar la Verdad, encontramos que estos ojos no tienen la fuerza necesaria para hacerlo. Así le sucedió al rey. Ganga, una diosa del cielo, hallaba apropiado ser su esposa. Pero Santanu, un simple mortal, no tenía el calibre necesario para sobrellevar tamaño honor. Su mente se negó a enfrentar la verdad. Enmudeció al escuchar todo lo que Ganga tenía que decirle. Era demasiado para él. Sólo entendía dos cosas. En primer lugar que su Ganga lo dejaría para siempre, y que nunca regresaría. Por otro lado, que ahora tenía un hijo, un hijo para continuar el nombre de los Pauravas. Fue sencillo para Ganga entender las emociones que atravesaban la mente de Santanu. Con una mirada de tristeza y a la vez de amor, contempló al rey y le dijo con voz amable: “Amado mío, no te entristezcas. Yo cuidaré de nuestro hijo. Será un gran hombre. El será más grande que todos los Pauravas que han agraciado el trono de la raza Lunar”.

Ganga fue haciéndose invisible. Santanu se quedó durante horas reviviendo, lleno de dolor aquellos momentos, los últimos momentos con Ganga. Con un profundo suspiro de resignación, lentamente se dio vuelta, y recorrió el camino hacia su casa, hacia el hogar en que ahora lo esperaba la soledad, la más tremenda soledad.



 artista: Chandrika

CAPITULO 2
DIECISÉIS AÑOS DESPUÉS

Habían transcurrido dieciséis años. Hay corazones que aun heridos se resisten a romperse, y este era el caso del rey. Su vida había quedado vacía y sin sentido alguno. Pero esto no afectó en manera alguna su gobierno. Era un rey ideal. El pueblo era feliz con su gobierno. Su único placer, como antaño, era la caza. Solía vérselo fatigando las riberas del río Ganges. Ese era el único sitio en el que hallaba consuelo.

Un día, mientras vagaba por las orillas del río, sus ojos presenciaron un extraño espectáculo. El río no fluía. Parecía que algo lo estuviera reteniendo. Lleno de curiosidad, caminó por la ribera para ver qué estaba ocurriendo. Vio entonces una red de flechas. Las flechas estaban dispuestas como un tejido tan entrecruzado, que ni una gota de agua podía atravesarlas. Santanu se quedó paralizado, sorprendido ante el súbito obstáculo que detenía al río.

Se dio cuenta entonces de que no estaba solo. Ganga, su amada Ganga estaba allí junto a él, con una dulce y serena sonrisa en los labios. El rey quedó como fulminado. La miró con los ojos llenos de lágrimas, y le dijo: “Ganga, veo que por fin te compadeces de mí. Todos estos años los he pasado tan, tan solo. Te necesito. No puedo vivir sin ti. Por favor, regresa conmigo. Yo sé que me has perdonado, pues de lo contrario no habrías vuelto. Ven, volvamos aprisa a la ciudad. Seamos felices nuevamente.” Ganga lo miró con ojos apenados. Le dijo: “Mi señor, todo eso pertenece al pasado. No regresaré. Cuando el sol se ha puesto, es un acto necio pedirle que regrese para vivir ese día nuevamente. El sol regresará: pero sólo para introducir otro día. Nadie puede retroceder, ni siquiera un instante. Pero para que hablar de eso ahora. Déjame decirte para qué he venido. ¿Ves como algo detiene al río?” “Sí”, dijo el rey. “Ese fue el espectáculo que me tenía como hechizado hasta que viniste. Dime, Ganga, ¿quién es el que te tiene inmóvil, a ti, a quien ni toda la riqueza de mi amor pudo retener?”

Mientras así conversaban, se escuchó un súbito ruido ensordecedor. Era el rugido del río, cuyo curso había quedado liberado. Desde la distancia, un muchacho se aproximaba velozmente: un hermoso joven, cuya noble faz brillaba de excitación. Estrechó a Ganga y dijo: “¡Madre, Madre! ¡Volví a contener el río! ¡Pude hacerlo de nuevo!” Ganga miró al rey. Este parecía un retrato del más vivo asombro. “¡Tu hijo!” dijo él. “Entonces, seguro que es... que es...”. “Sí, mi señor”, dijo Ganga. “Tu intuición es correcta. Es nuestro hijo.” Se dio vuelta hacia el joven, y dijo: “Devavrata, este es tu padre. Salúdalo.” Santanu hizo levantar a su hijo que se había prosternado ante él, y lo abrazó. Ganga dijo: “Esta es la razón de mi venida. Te he traído a tu hijo. Llévalo contigo, para tu consuelo. Se halla bien formado en todas las artes que debe conocer un kshatriya. Vasishtha ha sido su Guru. El le enseñó los Vedas y los Vedangas. Con Brihaspati, el guru divino, aprendió la ciencia política. Por mi petición, el propio Bhargava, el enemigo de los kshatriyas le ha enseñado el arte de la arquería. Ahora mi hijo es experto en todas las artes. Lo he preparado para que sea un digno heredero del trono de los Pauravas. Te entrego a este héroe. Llévalo contigo a la morada de los héroes”. Y Ganga desapareció.

El rey volvió hacia su hogar, lo mismo que hiciera dieciséis años antes. Pero hoy no volvía solo. Su hijo, este hijo nacido de Ganga, se hallaba allí a su lado. Santanu se sentía orgulloso de este apuesto joven, que se transformó en la única obsesión del rey, tras haber estado desolado tanto tiempo. Juntos, padre e hijo, volvieron al galope hacia Hastinapura.



 artista: Rabi Behera

CAPITULO 3
LA HIJA DEL PESCADOR

Así pasaron cuatro años. El rey pasó muchos días felices en compañía de su hijo. Santanu era sumamente afectuoso con él, y Devavrata era el hijo ideal. Amaba profundamente a su padre. Parecía que su deseo era compensar a su padre tras todos esos años de soledad. Eran inseparables. El rey coronó a Devavrata como Yuvaraja. La gente exultaba de alegría. Mientras tanto, el destino aguardaba pacientemente. Para él, ver una felicidad sin tacha es demasiado, y siempre se las ingenia para agregar una gota de acíbar a la copa de la alegría.

Sucedió un día que el rey había salido a cazar. Estaba solo. Mientras caminaba, un extraño perfume asaltó sus sentidos. Era un perfume que nunca antes había conocido, y que lo subyugaba con su dulzura. Inquieto por este raro perfume, el rey comenzó a seguirlo. Quería llegar hasta su fuente, de modo que anduvo y anduvo. Al final de su búsqueda, ¡vio que el origen del perfume era una mujer! En su andar había llegado a las orillas del río Yamuna. Allí, en la ribera, vio a una hermosa mujer. Ella se hallaba atando una embarcación. Sus formas eran exquisitas. Era la perfección misma. No hay otra palabra que pudiera describir la belleza de sus miembros, de su rostro, de sus ojos. Estos se hallaban ahora pudorosamente dirigidos hacia el suelo, como si no fuera capaz de enfrentar la intensidad de la mirada del rey. Sus formas apenas estaban disimuladas por su vestimenta de pescadora. Santanu la miró, y la quiso para sí. Se le acercó, y le dijo: “¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?” Ella le respondió con voz suave. “Soy pescadora. Mi padre es el rey de los pescadores. Mi tarea es transbordar a la gente con este bote entre las dos orillas de este río Yamuna.” El rey se dirigió de inmediato al padre de la joven y dijo: “Yo soy Santanu, el monarca de la raza de Lunar. Vengo de la ciudad de Hastinapura. Mientras cazaba en el bosque, me llamó la atención un extraño perfume. Lo seguí hasta las orillas del Yamuna, y allí vi una hermosa mujer. He aquí que ella me ha dicho que es tu hija. Quiero que sea mi esposa.” El rey de los pescadores se deshizo en profusas súplicas, diciendo: “Estás en lo cierto, mi señor. El perfume es parte de mi hija, y este te condujo a ella. En este ancho mundo, no hay otra persona más adecuada que tú para poseer a mi hija. Ser la reina del monarca de los Pauravas es el máximo honor que puede recaer sobre una pobre muchacha pescadora. Tengo la voluntad de otorgárosla en matrimonio, pero hay una condición. Si tienes a bien concedérmela, mi hija es tuya”.

El rey estaba impaciente. Dijo: “Si se trata de algo que se puede conceder, da por hecho que accederé a tus ‘condiciones’, como tú las llamas”. El pescador dijo entonces: “Han dicho que el hijo de mi hija será el heredero del trono real. Si prometes hacer rey y sucesor de Hastinapura al hijo que nazca de ella, te la entregaré de buen grado.” El rey quedó sin palabras. Pensaba en Ganga, en el día en que le trajo a Devavrata y le dijo: “Te presento a este héroe. Llévalo a la morada de los héroes.” En la visión de su mente se hizo presente el rostro de su bienamado hijo, ese hijo que él había coronado Yuvaraja. Pensó en los lazos de amor que lo unían con Devavrata. Sin pronunciar palabra, Santanu regresó a su carruaje. Con el corazón lleno de pena, y anhelando lo imposible de conseguir, el rey se retiró a su ciudad.


Fuente: "El Mahabharata" versión abreviada de Kamala Subrahmanyam